
No era una isla del Egeo, ni Nereo el Dios Padre. Llegaron a Samos siguiendo el cauce de leche, con las vieiras por escamas, camino de Santiago; sin caderas, marcado el talle bajo, el cuerpo tatuado y las piernas inmóviles bajo el disfraz marino. Y dispararon sus pechos de piedra mientras murmuraban con sus bocas de agua. Y no les importó el error. Galicia también las hizo hijas suyas, desde su humedad y su mito.
“Siendo quien soy, amigo de las fabulosas imaginaciones, me acerco al patio en que está la fuente de las Nereidas. (…) Si la fuente ésta, en vez de ser gracia barroca, fuese invención medieval, de los días de las famosas peregrinaciones, ¡qué de leyendas no hubiesen podido surgir en el camino!”

Álvaro Cunqueiro, A vísperas en Samos.
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